Mujeres de Chiapas en prisión, el lento paso de las horas


Del texto original publicado en Womens eNews bajo el título “In Chiapas Women’s Prison, Cold Hours Pass Slowly” de Rosario Adriana Alcazar González.

En las prisiones de mujeres de Chiapas, las horas pasan lentamente en frío

Las mujeres mexicanas encarceladas en los Altos de Chiapas, su lucha en condición de escasos recursos ante los juzgados llenos. Las noches son frías y los días son largos. Una mujer dice que ha aprendido a leer y escribir y a hacer flores de papel para vender.

San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México. WomensENews.- “Duerme, pequeño, duerme”, susurra Adela Pérez mientras su hijo de cinco meses de edad, Enrique, llora. “Es mejor dormir porque el día es largo. Duerme, Enrique, duerme.”
Ella le frota la espalda con sus oscuras y secas manos.
“Deja de llorar, por favor”, dice, caminando por el pequeño patio, con miedo de ser reprendidos por los guardias de pabellón o por una de sus 45 “compañeros de casa.”
“Ellos nos gritan. Cállate, por favor. No quiero problemas con los demás.”
Pérez, de 23 años, está cumpliendo una condena de 10 años por un crimen del que pide no hablar pero que dice que no cometió.
Ella está en el área de mujeres del Centro de Readaptación y Prevención Nº 5, llamado Cereso 5, a 20 kilómetros de San Cristóbal de Las Casas en Chiapas, el estado más sureño de México con altos niveles de pobreza y una gran población indígena.
Pérez dio a luz en prisión, dos años después de haber conocido a un reo, Manuel Pérez, padre de Enrique, quien está cumpliendo una condena por robo en la sección masculina del penal.
Hay 15 centros de detención en Chiapas que albergan más de 3 mil 500 presos. Conformada en el año 2006, sólo tres de estos centros penitenciarios, que se encuentran en Cintalapa, Tapachula y San Cristóbal, tienen salas para mujeres. Los presos dicen que la consolidación ha provocado el hacinamiento y fueron trasladadas muchas reclusas lejos de sus redes de apoyo familiar.

El tiempo pasa lentamente

Para las 46 mujeres y tres niños que viven en el Cereso 5 de San Cristóbal, el tiempo pasa lentamente. Los días transcurren entre conflictos ocasionales derivados de las diferencias culturales, escasos recursos y el hacinamiento entre reclusos.
“La vida aquí es muy difícil para mí y para mi bebé”, dice Pérez. “Tenemos mucho frío y nos enfermamos”.
El penal número 5 se encuentra en los Altos de Chiapas, donde las temperaturas descienden mucho en el invierno, haciendo que el agua caliente y la ropa de abrigo sea esencial para los reclusos. El centro penitenciario ofrece a las mujeres cubetas pequeñas y dos calentadores eléctricos para compartir.
“Sólo hay dos calentadores, así que si quieres bañarte con agua tibia, tienes que hacer cola”, dice Pérez, quien ha estado en la cárcel durante tres años.
Sólo hay 30 espacios para el descanso de 46 mujeres. Al menos 15 reclusos comparten camas de concreto de 1×2 metros, dice Martha Figueroa, abogada y defensora de los derechos de las mujeres que visita la cárcel para llevar a cabo talleres sobre autoestima y relaciones.
Los presos en el Cereso 5 cocinan sus propias comidas en cinco estufas y una zona de cocina, lo que a menudo provoca tensiones por la competencia para usar los espacios.
“Nosotros cocinamos nuestra comida, pero como somos muchos, es difícil porque no hay estufas suficientes”, dice Pérez, mirando a Enrique, finalmente dormido. “Hay que esperar en fila para poder usarlas.”
Figueroa está de acuerdo en que la escasez de estufas causa problemas entre los reclusos.
“El Cereso no cuenta con una cafetería, pero se les da un pequeño recurso mensual de alrededor de 20 pesos, unos dos pesos al día para que puedan comprar alimentos para cocinar”, dice Rodolfo del Pino Estrada, ex director del Cereso 5.

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